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Comer con las manos es un hecho cultural que nos lleva a esas
noches prehistóricas en las que el hombre acampaba, encendía una
hoguera para defenderse de los animales, para cocinar y para hablar
Ya
estamos en plena campaña de copa navideña que, con crisis o sin
ella, pagando nosotros o el padre de la chiquilla, nos plantea el
eterno dilema: llevarnos a la boca directamente con las manos el
canapé imposible o no. Aunque parezca una solemne majadería todavía
observamos las dudas entre la gente, cómo nos miramos unos a otros
y, como casi siempre, hasta que no llega el plato de morcilla frita
y se dan cuenta de que todos los tenedores están ya más que
chupados, se resignan a tomar la rodajita con las manos y chuparse
los dedos. Entonces comienza el verdadero placer, después ya vendrá
la consabida exaltación de la amistad.
Y
es que comer con las manos parece mucho más natural que pelar una
gamba con cuchillo y tenedor. Hasta el descubrimiento del fuego,
parece que hace unos 790.000 años, en el valle del Jordán, el
homínido, imitando a los animales, había estado condenado a vagar
por el mundo como aquellos, pero con la diferencia de que aunque
encontrara muchos alimentos que pudiera coger la mayor parte ni los
podría masticar y, por tanto ingerir y digerir. De hecho, este
estómago bípedo, aunque cazó alguna que otra pieza, sobrevivió
durante milenios gracias a las plantas, frutos secos, fruta y
carroña. Tal vez una noche más cercana en el tiempo, por azar o
raciocinio, el hombre descubre, tras recuperar un trozo de carne que
se le cayó de las manos sobre la hoguera, que aquello estaba más que
rico. Casi había inventado la cocina.
Comer con las manos es un hecho cultural que nos lleva a esas noches
prehistóricas en las que el hombre acampaba, encendía una hoguera
para defenderse de los animales, para cocinar y para hablar.
Probablemente, ante el fuego también surgió la palabra, seguramente
para comentar algo sobre la comida. De la cocina prehistórica sin
recetas pasamos a la época romana en la que ya se tiene constancia
documental de que lo correcto era comer con los dedos, lo que llevó
a la costumbre de hacer numerosas abluciones, antes, durante y
después de cada servicio. Había esclavos que a la llamada del
invitado vertían agua perfumada sobre sus manos y las secaban con
una toalla. Y se puede seguir con la cultura musulmana porque nadie
sabe donde Alá pone lo mejor o lo más beneficioso de la comida, en
el primer bocado o en el jugo que impregna los dedos y, antes de
lavarse las manos, se chupan los tres dedos –pulgar, índice y
corazón– que han utilizado para comer.
La verdad
es que hasta ahora la comida se había presentado ya troceada, como
en la copa navideña del principio, sin necesidad de ningún artilugio
para comer. El tenedor aparece en 1077, llegó a Europa procedente de
Constantinopla de la mano
de
Teodora, hija del emperador de Bizancio que lo llevó a Venecia al
contraer matrimonio con Doménico Selvo. No obstante, Teodora fue
tachada por sus contemporáneos, por ésta y otras refinadas maneras
orientales, como escandalosa y reprobable y hasta San Pedro Damián
se vio obligado a amonestarla desde el púlpito por estas
extravagancias, llegando a denominar el tenedor como instrumentum
diaboli. Pero sus comienzos no fueron fáciles, sufrió un rechazo
generalizado por diversos tipos de razones, aunque parece que la
principal fue por la falta de pericia de quienes lo utilizaban. Las
habilidades mostradas con el tenedor por muchas personas no eran
dignas de elogio y había quien se pinchaba la lengua, las encías,
los labios... Este endemoniado artefacto reaparece de nuevo muchos
años después, en Francia, allá por el siglo XVI, gracias a Catalina
de Médicis que lo introdujo en la corte francesa al casarse con
Enrique II. Como curiosidad cabe añadir que, además de usar el
tenedor para comer, Catalina lo usaba para rascarse la espalda. De
nuevo, la fama de cursi que tenía este utensilio le hizo quedar en
un segundo plano frente al comer con las manos hasta al siglo XVIII.
Igualmente ocurre en las mesas españolas y ya lo encontramos en 1624
en la de Felipe V aunque, como signo de buena educación, se sigue
comiendo con tres dedos –pulgar, índice y corazón–, como en la época
hispano- musulmana. El tenedor no empezará a generalizarse hasta la
época de los Austrias.
Vista su
evolución, si queremos disfrutar de una comida, no debemos tener
duda alguna en llevarnos los ricos bocados a la boca con los dedos.
La prueba está en que esta vieja satisfacción, a la que no de
debería renunciar por nada, es lo primero que los médicos dietistas
nos quitan. Un placer que me sugirió mi amigo Domingo Suárez.
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